Al final de esta lección, sabrás explicar que la autonomía de un agente debe corresponder al riesgo de sus acciones, y nombrar las tres formas de mantener a un humano «en el bucle».
Imagina a un nuevo empleado en una oficina. Puede decidir por sí solo qué tipo de letra usar en un memorándum: si queda feo, no pasa nada, se vuelve a hacer. Pero nadie dejaría que firmara un contrato de un millón de dólares sin la aprobación de su jefe: ahí, un error costaría muchísimo y sería difícil de anular. Cuanto más arriesgada es la acción, más debe quedarse alguien al lado para revisar o aprobar. Es exactamente la regla que aplicamos a los agentes: la libertad que les damos depende de lo que podría salir mal.
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